jueves, febrero 19, 2026

Menotti y Bilardo: la fractura ideológica que moldeó la identidad del fútbol argentino

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La rivalidad entre César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo trasciende lo deportivo para instalarse en la cultura popular argentina. No se trata simplemente de esquemas tácticos, sino de una colisión de valores sobre el éxito, el espectáculo y el rol del futbolista dentro del campo de juego.

El «Flaco» Menotti llegó a la Selección en 1974 con la premisa de jerarquizar al jugador local. Su filosofía priorizaba el juego asociado, el respeto por la posesión y la estética. «El fútbol es tan generoso que evitó que Bilardo se dedicara a la medicina», afirmó el DT en una entrevista.

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Bajo la conducción de Menotti, Argentina logró su primera Copa del Mundo en 1978. El equipo se apoyó en figuras como Mario Kempes y un despliegue ofensivo que buscaba el protagonismo constante. El éxito validó una propuesta que entendía al deporte como una expresión artística y colectiva.

Tras la salida de Menotti en 1982, Carlos Bilardo asumió el cargo imponiendo una visión diametralmente opuesta. El «Doctor» trajo consigo la escuela de Estudiantes de La Plata, donde el resultado era el único fin y el análisis obsesivo del rival se convertía en la herramienta principal.

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Bilardo instauró un régimen de trabajo basado en la repetición y la disciplina táctica extrema. En su libro Así ganamos, el técnico detalla su obsesión por los videos y la preparación física, dejando de lado el lirismo menottista para centrarse en la eficacia y la defensa sólida.

La rivalidad entre César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo trasciende lo deportivo para instalarse en la cultura popular argentina.

La grieta se profundizó con el paso de los años, dividiendo al periodismo y a la afición. Mientras unos defendían la «nuestra» y el buen trato de balón, los otros abrazaban el utilitarismo. Esta dicotomía obligó a cada hincha a tomar una postura radical sobre cómo ganar los partidos.

El Mundial de México 1986 fue la consagración del bilardismo. Con un Diego Maradona estratosférico, el equipo demostró que el orden táctico podía potenciar al genio individual. Aquella gesta deportiva selló la legitimidad de un método que muchos habían criticado por ser excesivo.

Menotti, por su parte, nunca claudicó en sus críticas hacia el enfoque de su sucesor. En su obra Fútbol: Juego, deporte y sociedad, el técnico rosarino sostiene que el engaño y el antifútbol son atajos que despojan al juego de su verdadera esencia y de su vínculo con la gente.

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La prensa deportiva alimentó este debate durante décadas, rotulando a los entrenadores como exponentes de civilización o barbarie, según el cristal con que se mirase. Las tertulias televisivas se convirtieron en campos de batalla dialécticos donde no existía lugar para el punto medio.

El enfrentamiento alcanzó niveles personales, con desplantes públicos y la negativa constante a saludarse en encuentros fortuitos. La enemistad reflejó una sociedad argentina acostumbrada a las antinomias fuertes, donde el matiz suele ser ignorado en favor de la pertenencia a un bando.

En lo estrictamente futbolístico, Menotti prefería el 4-3-3 con extremos abiertos y achique de espacios hacia adelante. Bilardo popularizó la línea de tres defensores y los carrileros, priorizando la ocupación de zonas críticas para anular el circuito de juego del oponente.

No se trata simplemente de esquemas tácticos, sino de una colisión de valores sobre el éxito, el espectáculo y el rol del futbolista dentro del campo de juego.

La influencia de ambos es visible en las camadas posteriores de entrenadores. Figuras como Alfio Basile heredaron el gusto por la estética menottista, mientras que otros como Alejandro Sabella mantuvieron vivo el rigor analítico y la planificación minuciosa propia de Bilardo.

Historiadores como Jonathan Wilson, en su libro Ángeles con caras sucias, describen esta división como el motor que impulsó la evolución del fútbol nacional. Sin este contraste de ideas, Argentina difícilmente hubiera desarrollado una identidad tan compleja y competitiva a nivel global.

El debate ideológico también se trasladó a los clubes locales. Equipos como el Huracán de 1973 quedaron grabados como el ideal del «menottismo», mientras que el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía se erigió como el ancestro fundamental del pensamiento que luego aplicaría Bilardo.

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A pesar de las diferencias, ambos técnicos comparten el honor de haber llevado a la Argentina a la cima del mundo. Sus nombres están ligados para siempre a las dos estrellas que, durante décadas, fueron el máximo orgullo del deporte nacional antes de la consagración en Qatar 2022.

La dicotomía Menotti-Bilardo no ha muerto, pero ha mutado en una síntesis moderna donde los entrenadores actuales toman elementos de ambas escuelas. Sin embargo, en el recuerdo colectivo, los nombres del Flaco y el Doctor siguen representando dos formas sagradas de entender el juego.

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