viernes, marzo 20, 2026

Jorge Drexler y la catarsis de un disco por la muerte de su padre, con el que se puede bailar

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“De manera presencial en un lugar de Palermo a tal hora. No, mejor a tal otra. ¿Podemos cambiar el día? Hay paro de transporte. ¿Y si hacemos la entrevista por zoom? Hecho”. La frase de Horacio Malvicino, que muchos adjudican a Robert Fripp, se puede usar para este oficio: la música o, en este caso, el periodismo, es el arte de combinar los horarios. Y se aplica de modo perfecto a esta charla virtual con Jorge Drexler.

El motivo de la entrevista con el cantautor uruguayo es la próxima salida de Taracá, su decimotercer álbum de estudio, en donde Jorge Drexler sale de su zona de confort y experimenta con la música de raíz de su patria, pero sin sonar retro: no hay dudas que sus canciones fueron grabadas en 2025 para ser publicadas ahora.

Taracá se presentará el 10 de abril en Mendoza, el 12 de abril en Córdoba y el 18 y 19 en el Movistar Arena porteño. “Cambié la banda y estoy viendo cómo se hace para llevar al vivo un disco tan rítmico. Es todo un desafío”, dice Drexler desde su laptop, y de esta manera informal da comienzo al diálogo.

-¿Cuál fue el momento en el que diste con el concepto de hacer un disco de música de raíz uruguaya, como es Taracá, pero llevado al año 2026?

-Me pasa que no suelo ver el concepto del disco en el momento de hacerlo: lo suelo ver en el espejo retrovisor, cuando ya pasó. En este caso algo que fue decisivo, y es que lo pueda explicar muy bien, es la muerte de mi viejo en 2024. Fue un momento en el que pasé de ser padre e hijo a ser sólo padre.

En la vida hay tres períodos en tu rol dentro de una familia: nacés y sos hijo durante más o menos treinta años, después pasás a ser padre e hijo durante, en mi caso, treinta años más, y después sos sólo padre y dejás de ser hijo.

Hoy me di cuenta que debería haber una palabra para definir cada uno de esos períodos de la vida. En esas bisagras hice dos discos: Frontera (1999), cuando nació mi hijo Pablo y éste, que es el primer disco que hago siendo sólo padre. Los dos tienen en común un movimiento vital que te lleva a reconectarte con cosas.

-Nombrás Frontera, pero quizás Taracá sea un disco más asociado con Bailar en la cueva (2014) desde lo rítmico, con la diferencia que ahí te metías más con un sonido más cumbiero y acá con un sonido netamente uruguayo. ¿Qué opinás al respecto?

-Desde el sentido musical, yo tiendo a poner adelante las razones vivenciales quizás de manera errónea. Los dos son discos muy rítmicos, para escuchar de pie, y en ambos casos muchas de las canciones están hechas dentro del mismo patrón. Para Bailar… tenía un loop de cumbia al que de acuerdo al tema le cambiaba la velocidad y el tiempo. La “rebajaba”, como se estila decir en el norte de México o la subía. Estaba obsesionado. Ahora me pasó lo mismo con un mismo loop de candombe, al que iba modificando para después llamar a los músicos y que toquen desde ahí. Me gusta que se note esto de lo rítmico.

Carnaval toda la vida

-¿Cómo te llevaste, o te llevás, con el Carnaval uruguayo?

-Me encanta el Carnaval, pero llevo treinta años viviendo fuera de Uruguay. Me encanta el candombe dentro del Carnaval, pero también me gusta por fuera. El candombe y el Carnaval se unen en determinado momento, pero también tienen existencias separadas muy fuertes. Me pasa algo muy sencillo y muy prosaico: vivo en España y desde que me fui todos los fines de año he venido con mis hijos a mi país a pasar las fiestas.

Pero pasa que el 10 de enero sí o sí hay que estar de vuelta en España por cuestiones escolares. Por eso durante mucho tiempo me perdí el Carnaval uruguayo. Pero me vinculé con un Carnaval que tiene muchos puntos en común que es el de Cádiz, que es de donde históricamente viene la murga uruguaya. Fui pregonero del Carnaval de Cádiz, algo que para mí fue un honor muy grande.

-¿De dónde viene la idea de “Cuando canta Morente”, dedicada a Enrique Morente?

Yo llegué a España el 1º de febrero de 1995. El 12 de febrero, Joaquín Sabina me invitó a cantar con él en Granada, ya que era su cumpleaños. Esa noche terminamos con Joaquín y con Enrique Morente, que era granadino, más su hija Estrella, que en ese momento era una adolescente, y su mujer, en una cueva gitana tocando hasta las 12 del mediodía (risas). Fue una experiencia iniciática, única.

Después lo vi varias veces a Morente, lo mismo que a su familia, siempre con un sentimiento de gran admiración por su profesionalidad y su ética. Me invitaron a tocar en un homenaje, y escribí estos versos. Esto fue más o menos diez años atrás. Y en este disco tuve la sensación de no usar sólo lo último que escribí sino de ir al baúl a buscar qué se puede rescatar. Los reencontré, y todo tuvo sentido al hacerlo en tiempo de milonga.

-Hay un tema del que se habla poco contigo, y es el de tu rol como guitarrista. Hay una gran tradición de cantautores uruguayos como Eduardo Mateo, Fernando Cabrera e incluso vos que tienen una técnica de ejecución del instrumento muy particular, muy “uruguaya”. ¿Cuáles serían tus influencias y cómo te definís como guitarrista?

-Uruguay tiene una muy rica tradición guitarrística, que empieza con el exilio de Andrés Segovia tras las posguerra civil española. Uno de sus alumnos, Abel Carlevaro, desarrolla una escuela de aprendizaje que es de primer nivel mundial. Yo estudié guitarra clásica mucho tiempo con cinco alumnos diferentes de Carlevaro, por lo que sería nieto suyo y bisnieto de Segovia (risas). Cabrera es un guitarrista increíble, Mateo lo mismo, y ni hablar de Jaime Roos, todos con esta escuela. Mateo es, quizás, el que se aleja un poco, ya que el bebe de Joao Gilberto, George Harrison y, para mí, Joni Mitchell.

La colaboración con Conociendo Rusia y aquel viejo Oscar

-Siempre solés tener invitados en tus discos y sos invitado frecuente de tus colegas. ¿Cómo se da la colaboración con Conociendo Rusia en Desastres fabulosos, tema que ganó un Premio Grammy Latino como Mejor canción de Pop / Rock?

-Es algo que fue pura alegría y afinidad personal. El Ruso Mateo Sujatovich es un músico talentosísimo. Tiene el don de la sencillez en la melodía, que algo muy difícil de adquirir; y tiene una voz que es un manantial, abre la boca y todo suena lindo, como pasaba con Elis Regina. A la vez es un amor de persona y es otro que es un guitarrista increíble.

Desde que lo conocí sentí que es el heredero de toda una tradición de rock y pop argentino del mejor nivel. Tiene la virtud de ser bastante minimalista, algo que no suele abundar en el pop argentino, ya que es un género que suele ser bastante barroco y florido. Ojo: maravillosamente barroco y maravillosamente florido.

-Al haber ganado un Oscar por Al otro lado del río, de la película Diarios de motocicleta (2005) tenés la facultad de votar todos los años en la Academia de Hollywood. ¿Lo hacés?

No. Y de hecho tampoco voto en los Latin Grammys. O sea: lo hago con mi equipo. Lo dejo todo tan para último momento que me terminan ayudando ellos. Tengo una relación con los premios rara, pero que respeto. Hago un esfuerzo enorme por ignorarlos, una postura que quizás sea hipócrita, porque por ahí es que me interesan tanto al punto de decidir no verlos. El mundo de las expectativas por los premios es un mundo al que le tengo terror. Y como la vida ya fue exageradamente generosa conmigo al respecto, tengo ese casillero como tachado.

-¿Y cómo fue la reverencia a Prince cuando te entregó el Oscar, previo a cantar Al otro lado… vos mismo como revancha? (N. de R. En la ceremonia el tema fue cantado por Antonio Banderas junto a Santana, con la excusa de que Drexler no era conocido en los EE.UU.)

-La verdad es que no sabía que Prince iba a estar ahí ni que entregaba el premio. Hacerle una reverencia era lo menos que uno podía hacer si se cruzaba con él, ¿no? (risas)

-Dijiste que venís todos los años a pasar año nuevo a Uruguay. Viviendo en España, ¿cómo se ve el caos en el que se ha transformado el mundo?

-En este caso, voy a aprovechar para hablar bien de Uruguay, que es un país donde todavía existe el diálogo político. Si vos te fijás el grado de polarización que tiene toda la región, te das cuenta que Uruguay tiene todavía un montón de unanimidades. Por ejemplo, a la asunción de Lula van tres presidentes uruguayos de tres partidos políticos diferentes. La gente aún tiene una idea de país en común. Al ser un lugar tan chico, si tenés un rol en la sociedad aunque sea mínimo terminás charlando con el presidente (risas). Y todo es muy discreto: no llega a ser mediático, no trasciende.

Uruguay tiene el ciento por ciento de electricidad renovable, tiene el cannabis regulado por el estado, tiene leyes súper avanzadas en cuestiones de género, tiene ley de eutanasia, tuvo ley de divorcio mucho antes que los países vecinos. Y tiene una calidad de vida y una calidad democrática que están muy bien.

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